miércoles, 6 de octubre de 2010

Filosofía: 19 10

Selección de Lecturas para FILOSOFÍA – Grupos: 6 º

Bolilla 2: “Ética (La vida buena) - Texto 19/10

LUKAS, E. - “De la vida fugaz”

(…)

Preguntemos entonces finalmente: ¿Qué nos rescata de la miseria, qué es lo que nos hace grandes? Observemos un poco los dos postulados faltantes del catálogo de Maslow que dicen: “Seguridad en el comportamiento ético” y “Experiencia con lo metafísico”.

La persona que se comporta éticamente es la persona que asume sus decisiones. El que opina cuando dice y cuando el le parece bueno. El que opina no cuando dice no y el no le parece acertado. Esta es la persona que ajusta su y su no a la optimización de la situación y es consciente de la libertad con que puede elegirse también un o un no aunque cueste. La libertad también abarca a aquello que no es fácil. Según Carl Rogers al ser humano le es inherente desde su naturaleza la capacidad para la toma de decisiones correctas siempre que esté inmerso en un clima humano cálido y abierto. Según Víktor E. Frankl el ser humano posee una comprensión del mundo pre-moral, llamada conciencia moral, que no sólo “muerde” cuando se tomó una decisión equivocada, que no sólo se manifiesta con desagradables cargos de conciencia, sino por el contrario, acompaña a la persona a través de la vida apoyándola como una brújula al caminante y que tampoco lo abandona cuando el ambiente de relación humana ha dejado de ser cálido y abierto. Aquí la conciencia moral se comparta con el acompañante y compañero que no se aparta de nuestro lado ni siquiera en la soledad, y que en la más profunda miseria todavía sabe de un camino cuando le preguntamos por él.

Es un acompañante que no nos obliga a nada, podemos burlarnos y mofarnos de él, podemos taparnos los oídos para no escucharlo y podemos obrar en forma opuesta a lo aconsejado por él, no se aparta de nuestro lado, nos acompaña por todos los caminos equivocados y nunca deja de aconsejar. La persona que se comporta éticamente ha hecho amistad con él, y esto significa que siempre habrá un camino con sentido donde sea que la vida lo ubique y en qué precipicio caiga. La seguridad en el comportamiento ético que postula Maslow es exactamente esta relación amistosa con el acompañante de ruta, llamado conciencia moral. La persona éticamente insegura ha perdido parte del contacto con su fiel compañero, el vidrio de la brújula se ha empañado, la dirección señalada no se reconoce con claridad. El debe nuevamente contactarse con el consejo de aquella instancia que sobrepasa ampliamente recetas y leyes humanas, señalando un ethos eterno.

Por esto tanto Carl Rogers como también Víktor E. Frankl han reconocido acertadamente que nosotros, los psicólogos y terapeutas, no somos aquellos que pueden aconsejar con suficiencia, sino que sólo somos aquellos que pueden lograr condiciones bajo las cuales una persona puede percibir con más claridad lo aconsejado, bajo las cuales pueda renovar su amistad con su acompañante de ruta, la conciencia moral. Sin duda, para lograr esto es necesario un cálido clima de confianza entre el solicitante de consejo y nosotros, pero además otra cosa: la propia relación con nuestra propia conciencia moral. La seguridad en el comportamiento ético se irradia, se contagia por medio, de extrañas frecuencias, prende como una chispa… y esta chispa se la debemos ofrecer a las personas inseguras, que se dirigen a nosotros, no necesitan un traspase de nuestro sistema de valores, pues esto no les sirve, pero si necesitan una confirmación de que cada uno es guiado en su ruta, como nosotros los guiamos a ellos, y que también nosotros siempre de nuevo debemos lograr la disposición de ir por los caminos que nos son señalados y abandonar aquellos que no nos son señalados. Esta confirmación, la necesitan y tienen derecho a recibirla.

Hemos partido del interrogante acerca de qué rescata al ser humano del la miseria y lo hace grande. La conciencia moral es la que recata al ser humano de la miseria, porque hasta en la crisis, en carencias, en la enfermedad y desesperación siempre hay todavía una forma y manera de sobrellevarla. ¿Pero qué hace grande al ser humano? Es difícil formularlo, aún después de décadas de práctica en psicología. A veces hay algo místico en una vida. Es posible llegar a vivencias culminantes, a vivencias límite, a puntos de cambio, algo irrumpe en la vida, algo brota en una persona. El sentir sabe mejor que el intelecto por qué Erhart Kästner escribió: “Sentido sólo puede irrumpir desde afuera hacia la vida” (Erhart Käser, Sublevación de las cosas, Anotaciones bizantinas). Maslow llama este sentir, que no es un sentir psicológico como gozo y dolor, sino un sentir con raíces espirituales, la experiencia con lo metafísico.

Víktor E. Frankl se ocupó, entre otros temas, como anteriormente C. G. Jung, en forma parecida, de la religiosidad ignorada y constato que una pérdida o insuficiencia de “experiencia con lo metafísico” no sólo conduce a una falta de madurez en el sentido de Maslow, sino puede contribuir a la aparición de enfermedades neuróticas.

Escribe: “…como último motivo que puede mencionarse de la forma de existencia neurótica no pocas veces podrá comprobarse la realidad de que el ser neurótico presenta una deficiencia: su relación con la trascendencia está alterada. Su conexión con lo trascendente está desplazada. Pero desde lo oculto de su ‘inconsciente trascendente’ esta trascendencia desplazada se anuncia en ‘intranquilidad del corazón’. A veces ésta bien puede conducir a una sintomatología neurótica aparente, que puede, por así decir, desarrollarse bajo el cuadro de una neurosis. En este sentido también vale sobre la religiosidad inconsciente lo que vale para todo lo inconsciente: puede ser patógena. También la religiosidad desplazada puede ser una ‘desplazada infeliz’”.

Esto lo puedo confirmar como psicóloga en ejercicio. Formulado en forma exagerada, los neuróticos son personas que cuando rezan –si es que lo hacen- lo hacen aproximadamente así: “Querido Dios, si es que existes, salva mi alma, en el caso de que la tenga…”. O volviendo a la parábola de la conciencia moral como brújula, todavía la tienen, pero han olvidado hacia dónde apunta la aguja, y qué es lo que confiadamente se puede esperar al final del camino, allá hacia donde la aguja señala en forma inequívoca.

No les podemos devolver lo olvidado, lo perdido, pero les puede ser obsequiado de nuevo, puede irrumpir en su vida en forma totalmente inesperada y transformar todo, tal como fue señalado. Repetidas veces he observado transformaciones en pacientes que no sólo se podían explicar con mi calidad terapéutica, ni con su capacidad humana. Transformaciones mediante las cuales lograron hacerse grandes, por ejemplo en alcohólicos que lograron ser abstemios, en histéricos que lograron equilibrarse, o en coléricos que lograron contenerse.

Desde que he observado esto, aconsejo a todos mis pacientes tener paciencia. Nadie tiene una garantía de que le será dado lo que desea de la vida, pero cada uno puede esperar que le será dada una chance para poder restablecer su relación con lo trascendente a través de una experiencia metafísica y desde allí recibir la misericordia que necesita para hacerse grande. O dicho con otras palabras: la búsqueda del sentido es lo nuestros, que nos es demandado toda la vida, pero el encontrar el sentido nos es dado de alguna forma y en algún momento, y probablemente no existe persona para quien ese encuentro no haya estado ya preparado cuando vio por primera vez la luz del mundo.

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Elizabeth Lukas. La doctora Elisabeth Lukas es psicóloga clínica y psicoterapeuta. Ha participado en la creación de centros de logoterapia por todo el mundo, entre otros la Deutsche Gesellschaft für Logotherapie und Existenzanalyse e. V., cuya vicepresidencia ocupó durante quince años. De entre sus libros destacan “Una vida fascinante”, “Psicoterapia con dignidad”, “Paz vital, plenitud y placer de vivir”, “En la tristeza pervive el amor”, “Libertad e identidad”, Logoterapia y Equilibrio” y “Curación a través de la logoterapia”, “Psicología espiritual”.

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