miércoles, 28 de julio de 2010

Filosofía : 11 10

Selección de Lecturas para FILOSOFÍA – Grupos: 6 º

Bolilla 2 Ética: - “Generalidades” - Texto 11/10

F. SAVATER - “Ética para Amador” (Cap. I)


¿De qué va la ética?

Hay ciencias que se estudian por simple interés de saber cosas nuevas; otras, para aprender una destreza que permita hacer o utilizar algo; la mayoría, para obtener un puesto de trabajo y ganarse con él la vida. Si no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales estudios, podemos prescindir tranquilamente de ellos. Abundan los conocimientos muy interesantes pero sin los cuales uno se las arregla bastante bien para vivir: yo, por ejemplo, lamento no tener ni idea de astrofísica ni de ebanistería, que a otros les darán tantas satisfacciones, aunque tal ignorancia no me ha impedido ir tirando hasta la fecha. Y tú, si no me equivoco, conoces las reglas del fútbol pero estás bastante pez en béisbol. No tiene mayor importancia, disfrutas con los mundiales, pasas olímpicamente de la liga americana y todos tan contentos.

Lo que quiero decir es que ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida Es preciso estar enterado, por ejemplo, de que saltar desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la salud; o de que una dieta de clavos (con perdón de los fakires!) y ácido prúsico no permite llegar a viejo. Tampoco es aconsejable ignorar que si uno cada vez que se cruza con el vecino le atiza un mamporro las consecuencias serán antes o después muy desagradables. Pequeñeces así son importantes. Se puede vivir de mucos modos pero hay modos que no dejan vivir.

En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos convienen si queremos seguir viviendo. Si lo que uno quiere es reventar cuanto antes, beber lejía puede ser muy adecuado o también procurar rodearse del mayor número de enemigos posibles. Pero de momento vamos a suponer que lo que preferimos es vivir: los respetables gustos del suicida los dejaremos por ahora de lado. De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo “bueno” porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos “malo”. Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir –todos sin excepción- por la cuenta que nos trae.

Como he señalado antes, hay cosas buenas y malas para la salud: es necesario saber lo que debemos comer, o que el fuego a veces calienta y otras quema, así como el agua puede quitar la sed pero también ahogarnos. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas: ciertas drogas, por ejemplo, aumentan nuestro brío o producen sensaciones agradables, pero su abuso continuado puede ser nocivo. En unos aspectos con buenas, pero en otros, malas: nos convienen y a la vez no nos convienen. En el terreno de las relaciones humanas, estas ambigüedades se dan con aún mayor frecuencia. La mentira es algo en general malo, porque destruye la confianza en la palabra –y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad- y enemista a las personas; pero a veces parece que puede ser útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a alguien. Por ejemplo: ¿es mejor decirle al enfermo de cáncer incurable la verdad sobre su estado o se le debe engañar para que pase sin angustia sus últimas horas? La mentira no nos conviene, es mala, pero a veces parece resultar buena. Buscar gresca con los demás ya hemos dicho que es por lo común inconveniente, pero ¿debemos consentir que violen delante de nosotros a una chica sin intervenir, por aquello de no meternos en líos? Por otra parte, al que siempre dice la verdad –caiga quien caiga- suele cogerle manía todo el mundo; y quien interviene en plan Indiana Jones para salvar a la chica agredida es más probable que se vea con la crisma rota que quien se va silbando a su casa. Lo malo parece a veces resultar más o menos bueno y lo bueno tiene en ocasiones apariencias de malo. Vaya jaleo.

Lo de saber vivir no resulta tan fácil porque hay diversos criterios opuestos respecto a qué debemos hacer. En matemáticas o geografía hay sabios e ignorantes, pero los sabios están casi siempre de acuerdo en la fundamental. En lo de vivir, en cambio, las opiniones distan de ser unánimes. Si uno quiere llevar una vida emocionante, puede dedicarse a los coches de fórmula uno o al alpinismo; pero si se prefiere una vida segura y tranquila, será mejor buscar las aventuras en el vdeoclub de la esquina. Algunos aseguran que lo más noble es vivir para los demás y otros señalan que lo más útil es lograr que los demás vivan para uno. Según ciertas opiniones lo que cuenta es ganar dinero y nada más, mientras que otros arguyen que el dinero sin salud, tiempo libre, afecto sincero o serenidad de ánimo no vale nada. Médicos respetables indican que renunciar al tabaco y al alcohol es un medio seguro de alargar la vida, a lo que responden fumadores y borrachos que con tales privaciones a ellos desde luego la vida se les haría mucho más larga. Etc.

En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos. Pero fíjate que también estas opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber, que lo que vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo que quiere cada cual. Si nuestra vida fuera algo completamente determinado y fatal, irremediable, todas estas disquisiciones carecerían del más mínimo sentido. Nadie discute si las piedras deben caer hacia arriba o hacia abajo: caen hacia abajo y punto. Los castores hacen presas en los arroyos y las abejas panales de celdillas hexagonales: no hay castores a los que tiente hacer celdillas de panal, ni abejas que se dediquen a la ingeniería hidráulica. En su medio natural, cada animal parece saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para él, sin discusiones ni dudas. No hay animales malos ni buenos en la naturaleza, aunque quizá la mosca considere mala a la araña que tiende su trampa y se la come. Pero es que la araña no lo puede remediar…

Voy a contarte un caso dramático. Ya conoces a las termitas, esas hormigas blancas que en África levantan impresionantes hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo de las termitas es blando, por carecer de la coraza quitinosa que protege a otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes les gusta rascarse los flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En seguida, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las enemigas. Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido… pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?

Cambio de escenario, pero no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?

Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar; están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor.

Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que están programados naturalmente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. Tal disposición obligatoria les ahorra sin duda muchos quebraderos de cabeza. En cierta medida, desde luego, los hombres también estamos programados por la naturaleza. Estamos hechos para beber agua, no lejía, y a pesar de todas nuestras precauciones debemos morir antes o después. Y de modo menos imperioso pero parecido, nuestro programa cultural es determinante: nuestro pensamiento viene condicionado por el lenguaje que le da forma (un lenguaje que se nos impone desde fuera y que no hemos inventado para nuestro uso personal) y somos educado en ciertas tradiciones, hábitos, formas de comportamiento, leyendas…; en una palabra, que se nos inculcan desde la cunita unas fidelidades y no otras. Todo ello pesa mucho y hace que seamos bastante previsibles. Por ejemplo, Héctor, ese del que acabamos de hablar. Su programación natural hacía que Héctor sintiese necesidad de protección, cobijo y colaboración, beneficios que mejor o peor encontraba en su ciudad de Troya. También era muy natural que considerara con afecto a su mujer Andrómana –que le proporcionaba compañía placentera- y a su hijito, por el que sentía lazos de apego biológico. Culturalmente, se sentía parte de Troya y compartía con los troyanos la lengua, las costumbres y las tradiciones. Además, desde pequeño le habían educado para que fuese un buen guerrero al servicio de su ciudad y se le dijo que la cobardía era algo aborrecible, indigno de un hombre. Si traicionaba a los suyos, Héctor sabía que se vería despreciado y que le castigarían de uno u otro modo. De modo que también estaba bastante programado para actuar como lo hizo, ¿no? Y sin embargo….

Sin embargo, Héctor hubiese podido decir: a la porra con todo! Podría haberse disfrazado de mujer para escapar por la noche de Troya, o haberse fingido enfermo o loco para no combatir, o haberse arrodillado ante Aquiles ofreciéndole sus servicios como quía para invadir Troya por su lado más débil; también podría haberse dedicado a la bebida o haber inventado una nueva religión que dijese que no hay que luchar contra los enemigos sino poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Me dirás que todos estos comportamientos hubiesen sido bastante raros, dado quien era Héctor y la educación que había recibido. Pero tienes que reconocer que no son hipótesis imposibles, mientras que un castor que fabrique panales o una termita desertora no son algo raro, sino estrictamente imposible. Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales si. Por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no esté del todo): Podemos decir “si” o “no”, quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.

Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad:

Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapo o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o huir, etc.).

Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello, cuanta más capacidad de acción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi voluntad (y so es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza.

En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o enfermedades hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una fuerza en el mundo, nuestra fuerza. Si hablas con la gente, sin embargo, verás que la mayoría tiene muchas más conciencia de lo que limita su libertad que de la libertad misma. Te dirán: “¿Libertad? ¿Pero de qué libertad me hablas? ¿Cómo vamos a ser libres, si nos comen el coco desde la televisión, si los gobernantes nos engañan y nos manipulan, si los terroristas nos amenazan, si las drogas nos esclavizan, y si además me falta dinero para comprarme una moto, que es lo que yo quisiera?” En cuanto te fijes un poco, verás que los que así hablan parece que se están quejando pero en realidad se encuentran muy satisfechos de saber que no son libres. En el fondo piensan: “Uf! Menudo peso nos hemos quitado de encima! Como no somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra…” Pero yo estoy seguro de que nadie –nadie- cree de veras que no es libre, nadie acepta sin más que funciona como un mecanismo inexorable de relojería o como una termita. Uno puede considerar que optar libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy difícil (entrar en una casa en llamas para salvar a un niño, por ejemplo, o enfrentarse con firmeza a un tirano) y que es mejor decir que no hay libertad para no reconocer que libremente se refiere lo más fácil, es decir, esperar a los bomberos o lamer la bota que le pisa a uno el cuello. Pero dentro de las tripas algo insiste en decirnos: “Si tú hubieras querido…!”

Cuando cualquiera se empeñe en negarte que los hombres somos libres, te aconsejo que le apliques la prueba del filósofo romano. En la antigüedad, un filósofo romano discutía con un amigo que le negaba la libertad humana y aseguraba que todos los hombres no tienen más remedio que hacer lo que hacen. El filósofo cogió su bastón y comenzó a dale estacazos con toda su fuerza. “Para, ya está bien, no me peques más!”, le decía el otro. Y el filósofo, sin de jar de zurrarle, continuó argumentando: “¿No dices que no soy libre y que lo que hago no tengo más remedio que hacerlo? Pues entonces no gastes saliva pidiéndome que pare: soy automático”. Hasta qu el amigo no reconoció que el filósofo podía libremente dejar de pegarle, el filósofo no suspendió su paliza. La prueba es buena, pero no debes utilizarla más que en último extremo y siempre con amigo que no sepan artes marciales…

En resumen: a diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética. De ello, si tienen paciencia, seguiremos hablando en las siguientes páginas de este libro.

Vete leyendo…

“¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escuro y el fuerte casco apoyado la pica contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevar a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilión en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos al mitad de lo que la ciudad contiene y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formasen dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?” (Homero, Ilíada).

“La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que no lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana” (Octavio Paz, La otra voz).

“La vida del hombre no puede “ser vivida” repitiendo los patrones de su especia; es él mismo –cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso” (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

Filosofía : texto 10 10

Selección de Lecturas para FILOSOFÍA – Grupos: 6 º

Bolilla 2 Ética: - “Generalidades” - Texto 10/10

AA.VV. - “Manual de Ética”

1. EL PROBLEMA ÉTICO

a) Concepto de Ética

La Ética (del gr. Ethos: costumbre) o Moral (del lat. Mos: costumbre) puede definirse como el estudio de la conducta humana en relación al bien y al mal.

Esta definición, ampliamente aceptada, no precisa, empero, la noción de ética, respecto de la cual se pueden señalar dos posiciones bien dispares, aunque no equivalentes en importancia. Una, minoritaria, juzga que la Ética tiene por objeto el estudio de las costumbres en el pasado, es decir, de las acciones morales que han inspirado las distintas civilizaciones; se hallan en esta posición especialmente algunos pensadores de filiación positivista, para los cuales la Ética sería reductible a la Sociología. La otra, mayoritaria, considera a la Ética como una disciplina normativa, es decir, cuyo fin es dar normas para la acción, en función de lo bueno y de lo malo.

Resulta así la Ética una rama de la Filosofía práctica, destinada a orientar la conducta humana. Esto significa juzgar a la Ética una ciencia no del ser, sino del debe ser. Las disciplinas filosóficas estudiadas hasta ahora y casi todas las ciencias particulares son ciencias del ser, hablan en modo indicativo; la Ética, en cambio, es una ciencia del deber ser, y su modo es el imperativo. Esto otorga a la Ética un carácter muy especial.

El constituir una filosofía de la acción o práctica, no quita a la Ética su carácter de ciencia, porque sus normas emanan, o son consecuencia, de un previo estudio del bien como tal y de los actos humanos, lo cual la designa como tarea especulativa. Digamos, asimismo, que no faltan quienes le adjudican sólo este carácter.

b) El hecho moral

El hecho moral es muy peculiar; en él, el sujeto enfrenta a los objetos haciendo algo con ellos; en el acto cognoscitivo también se dice frecuentemente que el sujeto hace algo con los objetos y, en efecto, algo hace: los conoce. Pero, justamente porque los conoce, simplemente, más que el sujeto hacer algo con los objetos, son los objetos quienes hacen algo con el sujeto: lo determinan. En cambio, en el acto moral, el sujeto es el que busca imponerse, efectivamente, sobre los objetos. Es que el acto moral es acción y no contemplación, práctica y no teoría.

Pero no se agota allí la definición del hecho moral. Es acción, consiste en hacer algo con las cosas, pero no es cualquier acción ni cualquier hacer. Para constituir un hecho moral debe jugarse en él una cierta escala de valores, un determinado juicio de valores, debe establecerse de alguna manera una relación con el bien y el mal. Bien podría decirse que entonces toda acción humana constituye un hecho moral, que no habría actos moralmente neutros; no nos oponemos a ese parecer, todo lo contrario. Pero si insistimos en que el acto es moral en cuanto se dan esas valoraciones, porque todo hecho moral implica necesariamente un deber ser que constituye su esencia. Sin la noción de deber ser (y las que ésta supone: libertad, responsabilidad) no hay acto moral. Por ello, conviene señalarlo, el acto moral es propiamente humano.

c) Consideración histórica

La preocupación por el problema ético asoma en las primeras etapas del pensamiento griego, aún en tiempos habitualmente llamados prefilosóficos. Con Sócrates y Platón la ética se ubica en un primer plano de la consideración filosófica. Aristóteles, al igual que en tantas otras disciplinas, puede ser mencionado como el primer autor de una exposición sistemática, con su Ética a Nicómaco. En estoicos y epicúreos el tema moral es el fundamental, privilegio que se prolonga en Plotino y algunos neoplatónicos. La escolástica se interesa también en alto grado por el problema moral que tiene un papel decisivo en la teología cristiana.

Tras sufrir cierta postergación en algunos autores de los siglos XVI y XVII, la cuestión ética retoma toda su importancia en la filosofía de Kant y en su continuador Fichte. Se ve nuevamente postergada parcialmente en el siglo pasado, y recupera terreno otra vez en nuestra época con autores como Max Scheler, Hartmann, los existencialistas, y los neoescolásticos, entre otros.

2. LAS SOLUCIONES

Nos hallamos aquí ante una dificultad similar a la que referimos en ocasión de ordenar las diferentes soluciones al problema del conocimiento. Incluso la nomenclatura es discutible y de valor relativo. Kant (que pertenece al siglo XVIII) al enunciar su teoría ética –que llamó formal- calificó a todas las éticas prekantianas de materiales y, desde entonces, esta designación se ha generalizado. Pero tal nomenclatura puede inducir a error, 1º) porque los términos “formal” y “material” aplicados a la ética no presentan connotaciones unívocas, y 2º) porque bajo el rótulo común de “ética material” quedarías incluidas soluciones esencialmente distintas.

Las éticas designadas por Kant como materiales suelen denominarse también éticas de bienes y de fines, queriendo mencionar con ello que el acto moral –según los partidarios de esas concepciones- busca un fin (bien) distinto del acto mismo. Tampoco nos parece feliz tal denominación, no porque esas éticas no tiendan a bienes y fines, sino porque pensamos que una tal finalidad es común a todas las éticas, aún a la kantiana.

Para eludir, entonces, una nomenclatura que juzgamos confusa, no agruparemos las éticas prekantianas –como hace la mayoría de los autores- sino que cronológicamente iremos caracterizando las más importantes, bajo tres títulos: soluciones griegas, la ética teológica y el empirismo ético. Completaremos la exposición con la ética formal y las corrientes de nuestro siglo.

A) Soluciones griegas

Sin desconocer la importancia del pensamiento moral de Platón, nos limitaremos –dada la naturaleza de este trabajo- a las tres soluciones siguientes:

a) LA ÉTICA DE ARISTÓTELES

Como lo hemos señalado, Aristóteles es el primer gran sistematizador de la ética. Su doctrina se conoce –ajustadamente- con el nombre de eudemonismo racional, y puede sintetizarse como una búsqueda de la felicidad mediante el cumplimiento de actos ejecutados por la razón. (Eudaimonía es un término griego que significa dicha, felicidad.) Para ser feliz hay que ser virtuoso y la virtud consiste en cumplir con lo que nuestra razón nos indica, según un orden cósmico que la misma razón puede desentrañar.

El fin supremo es, para Aristóteles, la dicha o felicidad, entendiendo por tal un estado de placer o satisfacción más o menos duradero de nuestro espíritu; podríamos decir también que es el estado de nuestro ser que emana de un correcto ejercicio de las actividades que le son propias.

Aristóteles distingue entre virtudes morales y virtudes intelectuales. Las primeras pertenecen a las costumbres y están regidas por el término medio, es decir, por una actitud equidistante de dos vicios: así la liberalidad es un término medio entre la prodigalidad y la avaricia, por ej.: Hay, sin embargo, algunas virtudes morales que no están regidas por el término medio; el robo o el homicidio: por ej. Las virtudes intelectuales, pertenecen a la razón y son, por ej., la sabiduría, la prudencia.

El hecho que Aristóteles coloque la felicidad como fin último, pareciera indicar que no hay aquí noción de deber, de obligatoriedad. No haríamos tal acto porque debemos, sino porque si lo hacemos alcanzaremos la dicha.

Explícitamente declara: “Somos arrastrados a la felicidad por sí misma”. Y es que la felicidad “es aquello que, sin necesidad de otra cosa, hace apetecible la vida y libre de toda indigencia”; la felicidad es “autarkes” (autosuficiente).1 Sin embargo, no puede dejar de advertirse que esa dicha es consecuencia de un previo obrar bien de acuerdo con la razón, detalle éste importante que aparta a Aristóteles de una posición hedonista o utilitarista, según veremos; pero, con todo, la obligatoriedad no tiene en Aristóteles toda la fuerza que alcanzará en teorías posteriores.

b) EL ESTOICISMO 2

La moral estoica es muy semejante a la aristotélica, sólo que los estoicos ponen el énfasis,


1 Estas citas corresponden a la obra moral más importante de Aristóteles, la Ética a Nicómaco. Además, escribió sobre estos temas la Gran 1

Moral, que es en gran parte un compendio del anterior. La Ética a Eudemo, que circula con su nombre, pertenece a su discípulo Eudemo.

2 El nombre estoicismo proviene del gr. stoa (pórtico), pues bajo un pórtico solían reunirse los pensadores que este nombre designa. Su

representante más significativo es Zenón de Citium (336.254 a. C.) entre los griegos y Séneca (siglo I a. C.), Marco Aurelio (siglo II d. C.) y

Epicteto (siglo I d. C.) entre los romanos

más que en la felicidad, en la virtud. La virtud es estimada como el bien y el fin supremos. Y ella consiste en vivir de acuerdo con la ley natural, que no es otra cosa que el orden cósmico tal como se mencionó en Aristóteles. Y esta ley natural u orden cósmico es conocido por obra de la razón: es un orden en sí mismo racional y por lo tanto perfectamente cognoscible. Y la práctica de la virtud tiene una recompensa: la felicidad.

Bien se advierte la similitud de esta doctrina con la del Estagirita. Son los mismos términos con el énfasis puesto en la virtud. A nuestro juicio, ambas doctrinas se corresponden en gran parte, pues ambas quieren decir lo mismo, aunque lo digan de manera un tanto diferente. Esa casi similitud corresponde, claro está, a lo esencial, pues los estoicos exponen otros puntos que no están en Aristóteles; el más importante es la afirmación de que la virtud debe ser querida por sí misma, que constituye, por lo demás, un antecedente de una de las características más significativas de la moral kantiana.

La moral estoica – y la vida de sus principales representantes – se caracterizan por una gran austeridad, recta conducta, ánimo firme y resignado ante el dolor y las adversidades y otras cualidades semejantes. De ahí que el término estoicismo haya quedado incorporado al lenguaje común designado una moral noble y elevada.

c) EL HEDONISMO

El hedonismo (del gr. hedoné: placer) es la moral defendida por Epicuro2, por lo que se le conoce también por epicureísmo. Ésta coloca como bien supremo el placer, y el mal se identifica con el dolor. El placer epicúreo –aclaramos porque no se puede eludir la comparación- se diferencia de la felicidad aristotélica en que es un estado más vivo y pasajero, pero no porque designe preferentemente el goce sensible.

A pesar del nombre, esta doctrina ética no constituye una solución excesivamente baja y bestial. Por el contrario, tanto se afana por alcanzar el placer y evitar el dolor, que termina por instaurar un modo de vida casi tan ascético como el estoico, aunque éste frecuentemente aparezca como su actitud contraria.

Epicuro clasifica los deseos de la manera siguiente: naturales y necesarios (satisfacer el hambre, la sed, el sueño), naturales no necesarios (comodidades, afectos de familia), y ni naturales ni necesarios (honores, riquezas). Y dice Epicuro: los primeros se pueden satisfacer con poco, a los segundos conviene no ceder, de los terceros hay que abstenerse en absoluto. Como vemos, nos hallamos ante una moral radicalmente austera.

B) La ética teológica

Ética teológica o trascendente es aquella concepción en la que Dios participa de alguna manera en la ley moral. Ya entre los griegos hallamos atisbos de moral teológica en Platón y Plotino, por ejemplo, pero sólo con el cristianismo esta doctrina alcanza su plenitud.

a) LA ÉTICA CRISTIANA

En San Agustín encontramos –claramente diseñada- una concepción teológica en la que Dios es principio y fin de la vida moral. Afirma el santo la existencia de una ley eterna, expresión moral del ser supremo con carácter de obligatoriedad para todos los hombres. “La ley eterna es la razón divina o la voluntad de Dios que ordena guardar el orden natural y prohibe alterarlo”. El orden cósmico de Aristóteles, la ley natural de los estoicos, perdura en San Agustín, pero sostenidos por la sanción divina.

Santo Tomás, por su parte, sin abandonar la constante inspiración de su maestro Aristóteles, reitera las ideas fundamentales de Agustín, que son, en suma, las traídas por la Revelación y los apóstoles, Tomás está de acuerdo con el filósofo griego en casi todo, separándose de él fundamentalmente en lo siguiente: las normas morales son absolutamente obligatorias porque son impuestas por Dios. La felicidad es una consecuencia de obrar bien, pero no debemos obrar bien primariamente para alcanzar la felicidad, sino para cumplir con el Creador y legislador del universo, Bien supremo en el que se fundan todos los bienes particulares. Hay premio y castigo en otra vida.

La moral cristiana no predica el simple frío cumplimiento de la ley divina, sino que coloca como principio motriz de la relación moral entre el hombre al amor o caridad, aspecto que la distingue absolutamente de las demás.

Señalemos que en esta doctrina es difícil separar lo que es producto de la pura reflexión de lo dado por la Revelación de la fe. No es que se confundan, pero si que se complementan indisolublemente. Al respecto dice

.

2 Epicuro: Filósofo griego (341-270 a. C.).

Maritain: “La ética o moral filosófica es evidentemente insuficiente para enseñarle todo lo que él (el hombre) debe saber para obrar bien: debe, pues ser completada y sobreelevada por las enseñanzas de la Revelación”.

Los neoescolásticos prolongan hasta nuestros días las ideas de los pensadores medievales.

b) OTRAS CONCEPCIONES TEOLÓGICAS

Las concepciones teológicas de la moral no se agotan con los pensadores conocidos formalmente como cristianos. Entre los que de alguna manera hacen de Dios un legislador y un juez y afirman la obligatoriedad de la ley moral se cuentan Descartes, Malebranche, Pascal, Berkeley, Leibniz y otros. Como síntesis, reproduciremos una expresión de Leibniz: “Y los que a él se someten (se refiere al mandamiento) por conocimiento de las perfecciones divinas, cuya consecuencia es el amor de Dios, no sólo se resignan como los filósofos paganos, sino que hasta están contentos de lo que Dios ordena, sabiendo que lo hace todo con el mejor fin”.

C) El empirismo ético

El empirismo ético tiene sus antecedentes griegos en los sofistas, los escépticos y también en el hedonismo. Básicamente niega la distinción entre el bien y el mal y reduce la conciencia moral a un producto de hábitos históricos-sociales. Entre los teóricos más importantes de esta posición se cuentan Hume, Stuart Mill, Spencer, Comte, para citar sólo autores ya conocidos por el lector.

a) LA MORAL DEL INTERÉS PERSONAL

Benthan1 formula una ética de inspiración epicúrea que puede encuadrarse dentro del empirismo. Es una buena acción la que ocasiona placer (acción útil) y es mala la que ocasiona inconvenientes. Es la llamada moral del interés personal, basada en una especie de aritmética de los placeres que no indica la mejor elección.

b) LA MORAL DE LA SIMPATÍA

Esta posición también puede encuadrarse dentro del empirismo. Es la sostenida por Adam Smith2 que propone la simpatía como principio de moralidad. Acto bueno es aquel que provoca simpatía y malo el que ocasiona antipatías.

c) EL UTILITARISMO

Si bien todas las éticas empiristas pueden ser llamadas utilitarias, estrictamente se da este nombre a la posición de Stuart Mill. Repite a Epicuro y Benthan; frente a éste exalta la calidad del placer más que la cantidad y pone el interés general sobre el particular o personal.

d) La ética formal

Llámase así a la concepción moral sostenida por Kant3. Puede ésta caracterizarse como sigue: frente a las teorías anteriores que Kant llama materiales porque tienden a bienes objetivos previamente elegidos como tales, esta ética es formal, porque se ciñe a la forma del acto prescindiendo de bienes externos; frente a aquellos que obedecen –según Kant- a un imperativo hipotético (hago tal cosa si alcanzo tal otra) ésta se distingue por sustentar un imperativo categórico, no condicionado a ningún fin distinto del acto mismo, es decir, del deber de cumplirlo: y frente a aquellas morales que hacen depender la norma ética de una voluntad exterior (heterónomas), ésta proclama la voluntad autónoma.

Hay que actuar, pues, por respecto a la ley, y esa ley la impone nuestra propia razón en su “uso práctico”. Y ¿qué dice esa ley? “Obra de tal modo que tu acto pueda ser elevado a juicio universal”; tal es la ley general que debe regir nuestra conducta.

Esta expresión de Kant debe tomarse en un sentido lógico, según lo que si lector ya ha estudiado sobre la clasificación de los juicios. El juicio individual “yo hago tal cosa” debe ser elevado al juicio universal “todos hacen tal cosa”. Kant pone como ejemplo el saber si es moral o no que yo me quede con un depósito que me has confiado; y concluye que no lo es porque si todos hicieran lo mismo no habría más depósitos.


1 Jeremy Benteen: Pensador inglés (1748-1832). Es autor de Deontolery or the Science of Merelity (1834), donde aparece por primera vez la palabra Deontology (del priego: deon: deber), con lo que algunos designan la ciencia de la normas morales o del deber, es decir, Ética.

2 Adam Smith: Moralista y economista escocés (1721-1790).

3 Su obra principal para este tema es Crítica de la razón práctica (1783).

A esta ley Kant agrega otra muy importante: “Obra de manera que la humanidad en ti y en otros jamás se convierta en puro medio, sino que sea un fin”.

Fácilmente se advierte que la ética kantiana es una consecuencia de su filosofía. Están presentes en ella su “apriorismo” y su formalismo, que se traducen en el imperativo categórico –cumplir con el deber por el deber mismo- y en la autonomía de la voluntad, es decir, en la libertad. Libertad y moral, para Kant, se implican mutuamente. La libertad es la esencia de la moral, y la moral es la que posibilita el conocimiento de la libertad, pues ésta sólo se alcanza sometiéndonos a la ley y cumpliendo don el deber.

La ética kantiana casi no ha tenido continuadores, pero su influencia ha sido considerable, especialmente en el campo del derecho. Entre las objeciones que se le han formulado, la más importante y compartida apunta a la esencia misma de su doctrina: el formalismo no es ni puede ser absoluto; ¿por qué está mal que no haya más depósitos? ¿por qué la humanidad debe ser un fin y no un medio? Este segundo interrogante parece no tener respuesta adecuada; al primero sólo se puede contestar utilitariamente: los depósitos son útiles; con lo que caeríamos en el utilitarismo de los empiristas.

E) Corrientes de nuestro siglo.

El problema ético está mereciendo preferente atención en nuestro tiempo. Los neoescolásticos renuevan y actualizan las ideas de Santo Tomás y de otros pensadores medievales, en tanto surgen concepciones nuevas.

a) LA ÉTICA DE LOS VALORES

La ética de los valores o ética axiológica es la expuesta por Scheler. (“Ética”). Ella se basa en el reconocimiento de una jerarquía objetiva de valores que debe respetarse.

Para Scheler los valores poseen una existencia objetiva y jerárquica independientemente del sujeto, el cual puede conocerlos mediante lo que hemos llamado intuición afectiva o emocional. Esta jerarquía axiológica es independiente de los bienes, en que los valores se encarnan; si elegimos entre dos bienes (un cuadro y un sándwich) realizamos una elección “a posteriori”, pero si elegimos entre dos valores (belleza y utilidad) efectuamos una elección “a priori”. Scheler sostiene, pues, una moral “a priori” como Kant, pero mientras la de éste es formal, la de Scheler es material, pues los valores son algo distinto de una pura ley lógica y tienen realidad más allá del sujeto; por ello lo moral de Scheler se llama ética material de los valores.

La teoría de Scheler constituye un enorme esfuerzo tendiente a reinstaurar los valores tradicionales con validez objetiva. De las críticas formuladas las más importantes son: es imposible la captación irracional de la escala jerárquica, y no hay jerarquía sin una fundamentación de la misma en un ser trascendente.

b) OTROS NOMBRES

Para terminar este panorama haremos la simple mención de otros nombres importantes en el campo de la ética. Hartmann es, quizá, junto con Scheler el teórico más significativo de los valores morales; sigue básicamente la ética scheleriana, e introduce algunas modificaciones. Dentro también de la axiología deben citarse los nombres de Le Senne y Lavelle, de fuerte influencia en la filosofía francesa actual. Otro nombre ineludible es el de Bergson.

El existencialismo en general otorga a la cuestión moral gran importancia. Esto sucede aún en el caso de Sastre que ha sostenido una amoralidad radical, actitud que parece haber rectificado.

En general, fácilmente puede advertirse que las diferentes concepciones éticas son consecuencia de las correspondientes gnoseológicas y metafísicas de cada autor o escuela, lo que no podría ser de otra manera.

2. EL INDIVIDUO Y LA PERSONA

He aquí dos vocablos que suelen utilizarse como sinónimo en el lenguaje común, pero que encierran sin embargo, una profunda diferencia en el orden de la filosofía. Individuo (del lat. individuus: indivisible) es todo aquello que en sí constituye una unidad y que, como tal, se distingue de lo demás. Son individuos un árbol, un banco, un átomo, un elefante, un hombre, un ángel, Dios. Persona (del gr. prosopon: cara, rostro) designa, en cambio a seres dotados de inteligencia, de voluntad y, por lo tanto, de autodeterminación, Entre las cosas creadas, sólo el hombre es persona.

La noción de persona se halla hoy muy elaborada, aunque en distintas direcciones. Podríamos distinguir una concepción sustancialista, que atribuye al hombre un alma racional distinta del cuerpo, y una concepción actualista que atribuye al hombre un espíritu, significando con ello no una sustancia, sino simplemente una capacidad de realizar actos intencionales tendientes a valores.

jueves, 22 de julio de 2010

Origen y objetivos del célebre “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus hacendados”

En la última mitad del siglo XVIII, la situación general de la campaña oriental planteaba una serie de problemas que se concretaban en la discutida cuestión del “arreglo de los campos”. Al producirse la Revolución la situación de la campaña se agravó; sobrevino una crisis de la producción que afectó la organización económica, social y jurídica.
Durante el gobierno artiguista en la Provincia Oriental, los estancieros, directamente afectados por la situación existente, solicitaron al Cabildo Gobernador una ayuda inmediata. A esos efectos se celebró en Montevideo una reunión de gobernantes y hacendados donde se analizó el problema del arreglo de los campos y se aprobaron algunas iniciativas para presentar a la consideración de Artigas, el 11 de agosto de 1815. En conocimiento de estas disposiciones, Artigas suscribió y dio a conocer el “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus hacendados” el 10 de setiembre de 1815.
Los propósitos del reglamento eran esencialmente económicos y, además, sociales y jurídicos. Los objetivos económicos procuraron recuperar el “stock” ganadero en merma y aumentar la producción; para ello se debía subdividir la tierra, poblar la campaña y fijar la población rural. Los fines sociales tendían a favorecer a los desposeídos y proteger la familia. Los fines jurídicos buscaban imponer el orden en la campaña exigiendo el trabajo, persiguiendo la vagancia y el delito.

Contenido del Reglamento de 1815

El análisis del Reglamento permite distinguir dos grupos principales de disposiciones:
a) las que establecen una distribución de tierras y el fomento de la producción y
b) las dedicadas al restablecimiento del orden interno.

Las disposiciones sobre la distribución de tierras establecían, para seleccionar las tierras a repartir un criterio preferentemente político. Debían elegirse entre tierras realengas y las pertenecientes a los enemigos de la Revolución, “emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no se hallen indultados por el Jefe de la Provincia para poseer sus antiguas propiedades”.
La elección de los beneficiarios se haría teniendo en cuenta su posesión económica, organización familiar y condiciones de trabajo. “Los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia los negros libres, los zambos de igual clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la Provincia. Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieren hijos y serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros y estos a cualquier extranjero”.
Estos beneficiarios recibirían tres clases de bienes: la tierra, ganado para poblarla y una marca para probar el derecho de propiedad. El Reglamento establecía que la tierra a entregarse tendría, en lo posible, aguadas naturales, linderos fijos y una extensión de 10.800 cuadras, con lo que cuadriplicaba la extensión de la tierra entregada en los repartimientos fundacionales hispánicos. En esa extensión podrían mantenerse en esa época alrededor de 3.700 vacunos que permitiría obtener unos 370 cueros por año. El ganado que se entregaría a los beneficiarios debería tomarse de los rodeos de animales orejanos o de las haciendas abandonadas de propiedad de los enemigos de la causa. Su captura y distribución estaba cuidadosamente establecida para evitar abusos o inútiles destrozos.
Todas estas prerrogativas y derechos estaban acompañadas de obligaciones paralelas: los beneficiarios sólo podrían recibir una suerte de estancia, no podrían enajenarlas o venderlas, y estaban obligados a poblarlas y trabajarlas. Se exigía específicamente la obligación de construir un rancho y dos corrales, la omisión o demora hacían caducar los derechos del beneficiario y la tierra volvía al dominio fiscal para ser distribuida. El agraciado debía poblar tierra y hacerla producir. El plan de distribución de tierras incluía en sí un programa de desarrollo de la producción.
Las disposiciones destinadas a consolidar el orden y garantir la seguridad de personas y bienes comprendían la creación de una fuerza represiva puesta a las órdenes del Alcalde Provincial y sus subalternos. Su misión era combatir vagabundos, delincuentes y desertores. Mientras los vagos se destinaban al Cuartel General de Purificación para incorporarlos al servicio de las armas, los delincuentes y desertores serían procesados por el Gobierno de Montevideo.

Aplicación del Reglamento de 1815

El Reglamento Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus hacendados, era un complemento necesario a la actividad política y militar de la Revolución Oriental, pero su aplicación presentaba serias dificultades. Por un lado la falta de colaboración de las clases privilegiadas, por otro la indiferencia de una masa rural que, en su gran mayoría, no había sido preparada para el trabajo disciplinado y la producción. En tercer lugar, los problemas materiales que planteaba la distribución de tierras en momento de incertidumbre política y exigencias militares. A pesar de todas estas dificultades, la investigación contemporánea ha podido comprobar que en los seis meses de aplicación del Reglamento, entre su creación y la invasión portuguesa de 1816, pudieron realizarse en distintas regiones de la provincia numerosas adjudicaciones de tierra entre familias humildes que manifestaron anhelos de trabajo. Más tarde los intereses de una minoría de grandes propietarios que vieron en él una amenaza, lo relegaron al olvido.

El Reglamento de Tierras puede comprenderse mejor situándolo en el momento político y militar (y no solo socioeconómico) en que fue redactado. A Artigas le preocupaba recuperar la economía de la Provincia Oriental y asentar la población, pero también le resultaba vital mantener la adhesión a la revolución de los estancieros orientales y sus hijos. Ellos eran la columna vertebral de las milicias con que contaba para su lucha con Buenos Aires, pero cada vez eran más los que abandonaban la causa. Si los estancieros pedían orden en la campaña, satisfacerlos era una condición para seguir contando con su apoyo. Las medidas para la "seguridad de los hacendados" que aparecen en el reglamento adquieren sentido en ese contexto de guerra.

Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados

1°. El señor Alcalde Provincial además de sus facultades ordinarias, queda autorizado para distribuir terrenos y velar sobre la tranquilidad del vecindario, siendo el Juez inmediato en todo el orden de la presente Instrucción.

2°. En atención a la vasta extensión de la campaña podrá instituir tres Sub-Tenientes de provincia, señalándoles su jurisdicción respectiva y facultándolos según este Reglamento.

3°. Uno deberá instituirse entre Uruguay y Río Negro, otro entre Río Negro y Yi; otro desde Santa Lucía, hasta la costa de la mar, quedando el Sr. Alcalde Provincial con la jurisdicción inmediata desde el Yi hasta Santa Lucía.

4°. Si para el desempeño de tan importante comisión hallare el Sr. Alcalde Provincial, y Subtenientes de Provincia, necesitarse de más sujetos, podrá cada cual instituir en sus respectivas jurisdicciones Jueces Pedáneos, que ayuden a ejecutar las medidas adoptadas para el establecimiento del mejor orden.

5°. Estos comisionados darán cuenta a sus respectivos subtenientes de Provincia; éstos al Sr. Alcalde Provincial, de quien recibirán las órdenes precisas; éste las recibirá del Gobierno de Montevideo, y por este conducto serán transmisibles otras cualesquiera que además de las indicadas en esta Instrucción, se crea adaptables a las circunstancias.

6°. Por ahora el Sr. Alcalde Provincial y demás subalternos se dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña. Para ello revisará cada uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles; y los sujetos dignos de esta gracia, con prevención, que los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad, y a la de la Provincia.

7°. Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieran hijos. Serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero.

8°. Los solicitantes se apersonarán ante el señor Alcalde Provincial, o los subalternos de los partidos, donde eligieron el terreno para su población. Estos darán su informe al señor Alcalde Provincial y éste al Gobierno de Montevideo de quien obtendrán la legitimación de la donación, y la marca que deba distinguir las haciendas del interesado en lo sucesivo. Para ello al tiempo de pedir la gracia se informará si el solicitante tiene o no marca; si la tiene será archivada en el libro de marcas, y de no, se le dará en la forma acostumbrada.

9°. El Muy Ilustre Cabildo Gobernador de Montevideo despachará estos rescriptos en la forma que estime más conveniente. Ellos y las marcas serán dados graciosamente, y se obligará al Regidor encargado de Propios de ciudad, lleve una razón exacta de estas donaciones de la Provincia.

10°. Los agraciados serán puestos en posesión desde el momento que se haga la denuncia por el Sr. Alcalde Provincial, o por cualquiera de los subalternos de éste.

11°. Después de la posesión serán obligados los agraciados por el Sr. Alcalde Provincial, o demás subalternos, a formar un Rancho y dos corrales en el término preciso de dos meses, los que cumplidos, si se advierte la misma negligencia, será aquel terreno donado a otro vecino más laborioso y benéfico a la Provincia.

12°. Los terrenos repartibles, son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la Provincia para poseer sus antiguas propiedades.

13°. Serán igualmente repartibles todos aquellos terrenos que desde el año de 1810, hasta el de 1815, en que entraron los orientales a la plaza de Montevideo, hayan sido vendidos, o donados por el Gobierno de ella.

14°. En esta clase de terrenos habrá la excepción siguiente: Si fueran donados o vendidos a orientales o a extraños; si a los primeros, se les donará una suerte de estancia conforme al presente reglamento: si a los segundos, todo es disponible en la forma dicha.

15°. Para repartir los terrenos de europeos y malos americanos se tendrá presente si éstos son casados, o solteros. De éstos todo es disponible. De aquéllos se atenderá al número de sus hijos, y con concepto a que éstos no sean perjudicados, se les dará lo bastante para que puedan mantenerse en lo sucesivo, siendo el resto disponible, si tuvieran demasiado terreno.

16°. La demarcación de los terrenos agraciables, será legua y media de frente, y dos de fondo, en la inteligencia que puede hacerse más o menos extensiva la demarcación, según la localidad del terreno, en el cual siempre se proporcionarán aguadas, y si lo permite el lugar, linderos fijos; quedando al celo de los comisionados, economizar el terreno en lo posible, y evitar en lo sucesivo desavenencias entre vecinos.

17°. Se velará por el gobierno, el señor Alcalde Provincial, y demás subalternos para que los agraciados no posean más que una suerte de estancia. Podrán ser privilegiados sin embargo, los que no tengan más que una suerte de chacra; podrán también ser agraciados los americanos que quisiesen mudar de posición, dejando la que tienen a beneficio de la provincia.

18°. Podrán reservarse únicamente para beneficio de la Provincia el Rincón de Pan de Azúcar y el del Cerro para mantener las reyunadas de su servicio. El Rincón del Rosario por su extensión puede repartirse hacia el lado de afuera, entre algunos agraciados, reservando en los fondos una extensión bastante a mantener cinco o seis mil reyunos de los dichos.

19°. Los agraciados, ni podrán enajenar, ni vender estas suertes de estancia, ni contraer sobre ellos débito alguno, bajo la pena de nulidad hasta el arreglo formal de la Provincia, en que ella deliberará lo conveniente.

20°. El Muy Ilustre Cabildo Gobernador, o quien él comisione me pasará un estado del número de agraciados y sus posiciones para mi conocimiento.

21°. Cualquier terreno anteriormente agraciado, entrará en el orden del presente Reglamento, debiendo los interesados recabar por medio del Señor Alcalde provincial su legitimación en la manera arriba expuesta, del Muy Ilustre Cabildo de Montevideo.

22°. Para facilitar el adelantamiento de estos agraciados, quedan facultados el Señor Alcalde Provincial y los tres Subtenientes de Provincia, quienes únicamente podrán dar licencia para que dichos agraciados se reúnan y saquen animales así vacunos, como cabalgares de las mismas estancias de los europeos y malos americanos que se hallen en sus respectivas jurisdicciones. En manera alguna se permitirá que ellos por sí solos lo hagan: siempre se les señalará un Juez Pedáneo, u otro comisionado para que no se destrocen las haciendas en las correrías, y las que se tomen se distribuyan con igualdad entre los concurrentes, debiendo igualmente celar así el Alcalde Provincial, como los demás subalternos, que dichos ganados agraciados no sean aplicados a otro uso que al de amansarlo, caparlo y sujetarlo a rodeo.

23°. También prohibirán todas las matanzas a los hacendados, si no acreditan ser ganados de su marca: de lo contrario serán decomisados todos los productos, y mandados a disposición del Gobierno.

24°. En atención a la escasez de ganados que experimenta la Provincia se prohibirá toda tropa de ganado para Portugal. Al mismo tiempo que se prohibirá a los mismos hacendados la matanza del hembraje, hasta el restablecimiento de la campaña.

25°. Para estos fines, como para desterrar los vagabundos, aprehender malhechores y desertores, se le dará al señor Alcalde Provincial, ocho hombres y un sargento, y a cada tenencia de Provincia, cuatro soldados y un cabo. El Cabildo deliberará si éstos deberán ser de los vecinos, que deberán mudarse mensualmente, o de soldados pagos para que hagan de esta suerte su fatiga.

26°. Los tenientes de Provincias no entenderán en demandas. Esto es privativo del Señor Alcalde Provincial, y de los jueces de los Pueblos y Partidos.

27°. Los destinados a esta Comisión, no tendrán otro ejercicio que distribuir terrenos y propender a su fomento, velar sobre la aprehensión de los vagos, remitiéndolos o a este Cuartel general, o al Gobierno de Montevideo, para el servicio de las armas. En consecuencia, los hacendados darán papeletas a sus peones, y los que se hallaren sin este requisito, y sin otro ejercicio que vagar, serán remitidos en la forma dicha.

28°. Serán igualmente remitidos a este Cuartel General los desertores con armas o sin ellas que sin licencia de sus jefes se encuentren en alguna de estas jurisdicciones.

29°. Serán igualmente remitidos por el subalterno al Alcalde Provincial cualquiera que cometiere algún homicidio, hurto o violencia con cualquier vecino de su jurisdicción. Al efecto lo remitirá asegurado ante el Sr. Alcalde Provincial y un oficio insinuándole del hecho. Con este oficio, que servirá de cabeza de proceso a la causa del delincuente, lo remitirá el Sr. Alcalde Provincial al Gobierno de Montevideo, para que éste tome los informes convenientes, y proceda al castigo según el delito.

Todo lo cuanto se resolvió de común acuerdo con el señor Alcalde Provincial D. Juan León y D. León Pérez, delegados con este fin; y para su cumplimiento lo firmé en este Cuartel general a 10 de setiembre de 1815.

José Artigas

Nota: En el artículo 13 se agrega esta cláusula: "no comprendiéndose en este artículo los patriotas acreedores a esta gracia"*